Las letras se acortan. Las canciones acaban, sin haber dicho nada. Tu nombre se traba en las palabras. Y las horas se atrasan.
Las sábanas sobran igual que el frío, y la ropa.
Las rosas ya no quieren ser rosas. Y la lluvia ya no quiere caer.
Es como si el mundo estuviera al revés. Te duermes a la hora de comer. Y te despiertas cuando ya ha salido el tren.
El tiempo ha decidido no esperar. Tu te desesperas si yo digo que te espero.
Ya no escucho las pisadas, ni duermen extraños en mi almohada.
Y las canciones se quedan vagas si las trato de escribir ... porque ya nada huele a ti.
Aun los pósters me sirven para descubrir nuevos lugares. Igual que las bombillas para disimular el sol. Mis lágrimas son la lluvia y tu, juegas a ser Dios.
París, Milán, Londres, New York.
Pocas veces he querido perderme entre sus aceras, y acabar en cualquier bar, con cualquier desconocido y unas copas de mas.
La vida se resume en cuatro botellas, eso ya lo se. Pero que no quieras esperar, me mata.
Que no quieras escapar, dejando tu equipaje atrás, o que ya no te interese decir lo que sientes.
Porque al fin y al cabo, el desconocido vuelve tras el espejo. Aunque te laves la cara sigue siendo tu reflejo.
Y me cansa. Y me estresa a la vez.
Porque no hay nada peor que sentirse perdido. Como cuando lo que escribes ya no tiene sentido y, tu guitarra, ya no guarda el ritmo con el que solías tocar.
martes, 7 de diciembre de 2010
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